“La opinión pública europea”, un puro producto estadístico.
By BabelParis on Tuesday, March 18 2008, 08:38 - L'Union Europea en real - Permalink
This post is also available in: French¿Cómo hablar de opinión pública europea cuando sabemos que Europa no es, en realidad, un tema de interés público y que la casilla de los sondeos “no tiene opinión sobre el asunto” logra, a menudo, un porcentaje desconcertante?

El Eurobarómetro es, por supuesto, la referencia europea en cuestión de sondeos.
En 1974, la Comisión creaba este instrumento que debía dar un reflejo de la opinión pública en Europa justo después de las primeras ampliaciones. En ese momento, en una Europea en construcción, se trataba de evaluar el impacto de las nuevas adhesiones en la opinión pública de los nuevos Estados miembros y de los países fundadores. La Europa política, balbuceando, entraba en su fase de “activismo democrático”.
Desde entonces, ese instrumento ha evolucionado. Las preguntas se han diversificado, y abarcan nuevos ámbitos, como el clima, la energía, el medioambiente, el terrorismo, etc. Estos cambios revelan, además de una transformación de las preocupaciones de la UE, un aumento de las competencias de esta institución y la necesidad de conseguir la adhesión pública.
La Unión Europea tiene hoy un papel preponderante en los planos legislativo, ético y político: se ha convertido en un instrumento legislativo imprescindible en el ámbito comunitario, y compite con la ONU en su rol de garante ético, con la adhesión a la Carta de Derechos Fundamentales en el Tratado de Lisboa. Hoy en día, formar parte de la Unión Europea representa un plus para los miembros de la comunidad internacional, y empieza a esbozarse un “orgullo comunitario” entre la población europea.
Ante tal despertar, “la Europa poder” no se equivocó. Para que sus instituciones persistieran y para seguir actuando libremente, era necesario asegurarse el acuerdo de los pueblos de Europa.
No podemos criticar de forma legítima al sondeo, esa bella invención, si lo consideramos un vínculo entre las instituciones y las poblaciones; una demostración palpable de la voluntad de transparencia y de proximidad, igual que el mediador europeo o el derecho de petición.
Sin embargo, no hay que ser tan angelical. Los sondeos de opinión pública que nos anuncian que la mayoría de los europeos confían en las instituciones europeas y les dan su apoyo, saben hacer hablar de forma oportuna a las cifras. Sin llegar a hablar de artimañas, hay que constatar que, en general, los que hacen los sondeos de opinión los instrumentalizan.
En el último Eurobarómetro (68) -sondeo estándar- la pregunta A13 se planteó en estos términos: “Cree usted que su país se ha beneficiado/se beneficiaría de pertenecer a la Unión Europea, o no?”. Un gran porcentaje de países europeos respondieron favorablemente, y con razón. ¿Habría sido igual el resultado si se hubiera preguntado “¿cree usted que los beneficios de la adhesión a la Unión Europea compensan los inconvenientes que ésta ha conllevado?”.
Los sociólogos fueron los primeros en analizar este fenómeno. Aunque los sondeos sean un buen medio para evaluar la opinión pública europea a partir de un cuestionario fijo, las preguntas son limitadas, y cuidadosamente elegidas con el fin de valorar ciertas iniciativas. Así pues, después de la adhesión de Rumanía y Bulgaria, y para evitar que la tendencia al repliegue comunitario alterara esta success store, la Comisión desvió la atención con la aparición de un Eurobarómetro especial sobre “Los ciudadanos de los nuevos Estados miembros de la UE y la ayuda al desarrollo”. Es el arte de abortar el debate insistiendo en las iniciativas sobre las que no se discute ni se discutirá, porque moralmente no se puede.
La prueba está en la opinión
La gran operación de la Comisión Comunicación e Información de la UE, lanzada en octubre de 2005 para valorizar a la UE y hacerla más visible ante los europeos, disparó el uso de los sondeos. La UE se comporta como si tuviera necesidad de demostrarse a sí misma que actúa democráticamente. Aliviada por las conclusiones de los últimos informes, que mostraban el aumento del apoyo a Europa por parte de los europeos (sobre todo los jóvenes), y un mayor índice de confianza, parece ignorar el fundamento esencial del gobierno democrático: el debate participativo. Es cierto que la Comisión intenta retomar el diálogo participando en proyectos como el de “Ideas Factory Europe”, un espacio de debate creado por el “European Policy Center”, think tank europeo, que ejerce mucha influencia en Bruselas. Pero todo esto sigue siendo muy volátil.
Quizás estos procedimientos den buena conciencia a los políticos y funcionarios europeos, pero la conciencia europea de los ciudadanos no se ha logrado tanto como los analistas nos quieren hacer creer. Esperemos que un cambio de las malas costumbres nos permita pasar de un modelo de comunicación-promoción a otro de comunicación-apropiación.
Sophie Helbert


Comments
Bueno, a grandes rasgos estoy de acuerdo con el artìculo. Pero una vez màs, me veo en la obligaciòn de advertir que es pernicioso confundir Europa con Uniòn Europea, y es hacerle un flaco favor a la construcciòn de un proyecto comùn. Me explico: Los europeos pertenecemos a una misma cultura de origen, nuestras lenguas son hermanas, somos partes de una misma Historia, de una misma Historia del Arte, de una literatura, de una concepciòn del mundo, e incluso de una misma mitologìa precristiana. Somos un triàngulo cultural ùnico con sus tres vértices, mediterràneo, atlàntico y continental, o latino, germànico y eslavo, segùn se prefiera. Somos mucho màs que una instituciòn supranacional de apenas 50 años de Historia, hecha al margen de las amplias masas populares. Europa no es un producto a vender para los paìses, pensable en términos de beneficiado o perjudicado; Europa es ante todo una identidad cultural, una de las grandes hoy dìa en el mundo, como lo son China, la India, el mundo àrabe, América Latina o el Africa negra. Pocos europeos son los que no se ven reflejados en el término "europeo", por cultura, por Historia... y hay un anhelo latente de unidad, de encuentro entre los distintos pueblos de los distintos paìses; Europa es, pues, una ilusiòn también.
Escribo esto porque los europeos nunca se implicaràn ni se interesaràn por las instituciones comunes si no hay una amplia conciencia de que pertenecen a un mismo "algo", a una identidad que va màs allà de la banderita. La mayorìa de la gente, por ejemplo, no vota en su paìs pensando en su bolsillo, o en su utilidad, vota porque es su paìs y le importa mucho qué rumbo tome. Pero en Bruselas no se dan cuenta, y siguen tomàndose Europa como una mera instituciòn. Ilustraré el ejemplo:
Una vez en una prestigiosa revista semanal de un periòdico de gran tirada, venìa una especie de test sobre "cultura europea", destinado en un principio a medir el nivel de "europeidad" del lector. Yo me esperaba preguntas relacionadas con Aristòteles, Van Gogh, Kafka, César, Picasso, Dostoïevski, Mozart, Shakespeare, Ibsen, la Paz de Westfalia o Zeus en el Olimpo... pero no. EN lugar tan legendarios personajes y acontecimientos, los protagonistas eran Jacques Delors, la CECA y el tratado de Roma. Eso es, para mucha gente, la "cultura europea", si no lo remediamos. Y resulta màs bien algo aburrido para la mayorìa, al contrario que Van Gogh.
Por eso digo una vez màs, Europa no es la UE, no es la instituciòn elitista, aburrida y casi invisible, Europa es todo los demàs. Còmo hacer propaganda de ello? Pues es sencillo: La Liga de Campeones y el festival e Eurovisoòn han hecho màs por la conciencia europea que cinco cumbres juntas. En resumen, a Europa le falta una televisiòn, con un telediario propio en el que lo nacional no sea màs que un suplemento, que retransmita todos los partidos de la Champions, el Festival de Cine de Cannes o de Berlin, la liga europea de baloncesto, las teleseries europeas de màs éxito en su paìs de origen, asì como las pelìculas... documentales sobre Historia, arte; Todo ello orientado para el gran pùblico, una cadena a imagen y semejanza de las cadenas pùblicas de cada paìs. Pero me temo que no es màs que un sueño y que la Comisiòn Europea carece no sòlo de medios, sino también de voluntad para llevarlo a cabo.
Estoy bastante de acuerdo con el articulo y con el comentario de mi paisano. Es cierto, Europa no es la U.E. pero que duda cabe esta entidad supranacional ha hecho y mucho durante estos 50 años por hacernos sentir a todos parte de un proyecto conjunto. Suscptible de crítica, claro. Pero contra quién, ¿contra las instituciones europeas? o mas bien, ¿contra los estados nacionales que las soportan? Sin entrar en la letanía de la nunca lograda unión política, pasando por la carencia de una politica exterior común, difícil, sí, conseguir imbuir a los ciudadanos europeos de algo parecido a una identidad europea. Como bien dice mi paisano, existe un sustrato cultural comun producto de nuestra historia, y nuestra religión mayoritaria cristiana, cuyo ideario nos sustenta. Es cierto que un instrumento básico para armar esa conciencia europea sería tener unos medios de comunicación europeos de "amplio espectro", (el otro sería la educación) per querido amigo, ¿te imaginas un diario te tirada nacional o un telediario centrado en noticias europea? creo que ese el caballo de batalla contra el que nos enfrentamos, la barrera de lo "estatal-nacional" que vertebra todo el sistema. En mi modesta opinion el avance hacia una identidad común europea debe eludir este frente de batalla y luchar en una doble trinchera. Por un lado, lo local, lo regional, donde ahí sí los medios de comunicación podrían hacer más por una Europa de los pueblos o de las regiones, y por otro, no menos importante es mirar hacia el exterior con una sola cara. Curiosamente Europa sí es vista como algo común y no la suma de sus partes en terceros países o regiones del mundo. Avanzar en una política exterior común y en un diplomacia pública europea, haría mucho por nuestra imagen en el exterior, y al mismo tiempo revertería con efecto "boomerang" en los propios estados miembros, ayudando a cambiar la conciencia de los ciudadanos, que sin renunciar a sus sentimientos nacionales se verían reflejados en la imagen que, como europeos, estarían transmitiendo hacia el exterior.